Martini seco
Tenía el corazón bien amueblado, un deportivo rojo en Montecarlo, un culo respingón para enmarcarlo y un expediente limpio de pecado. Tenía un desamor en cada puerto, saltaba con los pies sobre la tierra, su corazón le declaró la guerra y decidió dejarlo boquiabierto. En cuanto dio esquinazo a sus escoltas abrió de par en par sus dos armarios y eligió, sin tiempo a inventarios, zapatos de tacón y falda corta. Aceleró sus pasos con confianza y entró en una de esas discotecas donde las pijas parecen muñecas buscando ricachones sin alianza. Pidió un Martini seco al camarero y él le preguntó si estaba sola notó que le subía una amapola y supo que el flechazo era certero. Él no le prometió el Santo Grial ni fichas que arruinasen a la banca, pero tenía la sonrisa más franca que todos los banqueros del local. Hoy vive en algún barrio de Argentina, le llega a fin de mes con su minuta, se mueve en bicicleta y disfruta pidiéndole la sal a las vecinas. Martín, su primogénito, es portero en u...